Bruno.
Hay ocasiones en que, sin quererlo, uno comienza a pensar.
Bruno estaba en una de ellas.
Bastó escuchar a su novia decir una trivialidad para que su mente comenzara a divagar. No pensó en su pasado, sino en el de ella. En aquellos años en los que él no existía, en los amores que lo precedieron y en las historias de las que nunca formaría parte.
Pensó en las palabras de amor que alguna vez pronunció, en las promesas que hizo y en los sueños que compartió con alguien más. En el tiempo que pasaron juntos, en las caricias, los besos y las despedidas. En todo aquello que alguna vez significó tanto y que, por alguna razón, terminó.
Nada de eso debería importarle.
Lo sabía.
Y, sin embargo, no podía dejar de pensarlo.
De pronto comenzó a sentirse ajeno. Como un invasor de una historia que había comenzado mucho antes de su llegada. Un ladrón de aquellos besos, un raptor de su mirada, un intruso que ahora recibía las caricias que antes habían pertenecido a otros instantes.
La miró y sintió que toda ella era otra.
No porque hubiera cambiado, sino porque descubrió que existía una parte de su vida que jamás podría conocer del todo.
Y eso lo aterraba.
Le parecía que la había arrebatado de algún lugar, que la había hecho suya por un momento y que, de la misma manera en que llegó, algún día podría perderla.
Bruno tenía miedo.
Hacía mucho tiempo que no se sentía así.
Lo absurdo era que no había nada que pudiera hacer. El pasado era historia y el presente no era más que aquel instante en el que se encontraba escribiendo esta crónica, tratando de comprender por qué se empeñaba en sufrir cuando tenía tantos motivos para ser feliz.
Porque Bruno sabía la verdad.
La conocía perfectamente.
Sabía que nada de aquello debía importarle, que los besos anteriores no le restaban valor a los suyos y que las promesas incumplidas de otros tiempos no condenaban las que ahora compartían.
¡Lo sabía y no hacía nada!
Era humano.
¡Era un pendejo!
Sí, un pendejo. Porque no encontraba una mejor manera de describir a alguien que, teniendo la felicidad entre las manos, comenzaba a buscar razones para desconfiar de ella.
Porque Bruno era feliz.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Había aprendido, quién sabe cuándo, que las cosas buenas terminan, que las personas se marchan y que las promesas pueden romperse. Así que, en su infinita estupidez, creyó que si no se permitía disfrutar demasiado, tampoco sufriría cuando todo acabara.
¡Pendejo!
¡Pendejo y más pendejo!
Como si el dolor pudiera evitarse por haberlo imaginado antes.
Como si sufrir anticipadamente le concediera alguna ventaja sobre el destino.
El dolor vendrá si tiene que venir. Las cosas que deban suceder, sucederán. Habrá despedidas, decepciones y noches en las que seguramente deseará no haber querido tanto.
O quizá no.
Quizá mañana despierte y ella siga ahí.
Quizá dentro de diez años continúen riéndose de las mismas tonterías.
Quizá envejezcan juntos.
O quizá todo termine una noche cualquiera, sin grandes explicaciones, como terminaron aquellas historias que hoy le atormentan.
No lo sabe.
Y eso es lo único que necesita comprender: que no lo sabe.
Que por mucho que piense, que imagine y que se atormente, jamás podrá adelantarse lo suficiente como para evitar aquello que teme.
Entonces, ¿para qué desperdiciar el presente?
¿Para qué arruinar una tarde hermosa pensando en una despedida que todavía no existe?
Bruno, escucha bien:
¡Vive tu vida, pendejo!
Quiérela mientras puedas. Bésala mientras quiera besarte. Mírala a los ojos sin preguntarte quién estuvo antes, porque hoy es a ti a quien está mirando.
No pretendas ser dueño de su pasado ni prisionero de tu futuro.
Disfruta este momento.
Si dura una noche, que sea una noche que merezca recordarse.
Si dura un año, que sea un año que haya valido la pena vivir.
Y si dura una vida, que nunca tengas que arrepentirte de haber desperdiciado sus días por miedo a perderlos.
Porque al final, Bruno, no es la duración de las cosas lo que las vuelve importantes, sino lo que hicimos mientras existieron.
Y si algún día todo termina, que al menos puedas mirar atrás y decir que fuiste feliz.
Que no te guardaste los besos.
Que no te faltaron las palabras.
Que no dejaste de querer por miedo a sufrir.
Porque si lo haces, aunque sea un momento, una noche o una vida, habrás sido eterno.
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