Estoy triste cada que te recuerdo. Pero en medio de esa tristeza hay una certeza: preferí ser ausencia antes que convertirme en un peso en tu vida. Me duele no saber cómo estás, no saber si alguna vez te hago falta, si en algún momento mi nombre cruza por tus pensamientos como el tuyo cruza por los míos. Aun así, mi decisión nació del cuidado. Tal vez no lo entiendas. Tal vez nunca lo sepas del todo. Pero fue desde el amor — desde ese lugar donde querer a alguien significa también apartarse cuando quedarse podría herir. En mi tristeza siempre aparece tu recuerdo. No como reproche. No como culpa. Sino como algo limpio, como algo que fue verdadero. Y aunque el silencio ahora nos rodee, necesitas saber esto: te quiero. Te quiero incluso en la distancia. Te quiero incluso en la ausencia.
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¿Me extrañas?
Me pregunto si a ti también te pasa que, sin darte cuenta, te pierdes en tus propios pensamientos y aparezco ahí, sin avisar. Si alguna canción, algún silencio o un instante cualquiera te lleva a imaginarme, como a mí me sucede contigo. A veces me descubro pensando en qué estarás haciendo, si estás bien, si estás en calma, si la vida te trata con la suavidad que mereces. Me pregunto si eres feliz, o si en medio de tus días también hay huecos donde mi recuerdo se cuela sin pedir permiso. Me intriga saber si alguna vez te detienes, aunque sea un segundo, y te preguntas por mí como yo lo hago por ti. Si te asalta la curiosidad de saber si aún pienso en ti —porque sí— y si todavía hay un hilo invisible que nos conecta en la distancia. No busco respuestas, solo confieso esta duda que me acompaña: la de no saber si en tu mundo también existo de esta forma silenciosa, constante, profunda.
Silencio
Eso es lo que se escucha cuando todo calla. No hay más ruido que la ausencia y el grito sordo de la soledad. Un silencio que no llega de golpe, sino que se acerca despacio, como quien no quiere asustar, hasta que termina abrazando y cubre todo el espacio. Entonces te quedas ahí, reducido a un punto mínimo, a un rincón que aún respira. Inhalas. Esperas. Esperas que el sonido regrese, no por necesidad de ruido, sino para que este silencio deje de doler, para que el eco de algo —lo que sea— rompa la presión del vacío y puedas volver a escuchar algo que te recuerde que sigues aquí.
Todo sea por una señal
Entiendo la complicación. Entiendo que no puedo pedir, ni estoy en posición de esperar, algo que no puedo ofrecer. Sé que hay silencios que no se reclaman y distancias que no se cruzan sin romper algo más. Y aun con esa conciencia, la tristeza no pide permiso. Llega despacio, se instala en los momentos más simples y que pronuncie tu nombre como si al hacerlo pudiera alcanzarte. Me descubro preguntando por ti en pensamientos que no confieso. Porque basta una sola para desordenarme el pulso, para que el corazón, cansado de la espera, recuerde cómo es latir con esperanza, como si despertar de nuevo todavía fuera posible.
No lo recuerdas, pero hubo una vez en la que la ilusión por los Reyes Magos la tuve yo. Sin embargo, desde el día en que nació, también terminó. No porque se apagara la magia, sino porque fue arrebatada. Dejó de ser espera y deseo propio y se volvió algo ajeno, impedido. Ese día aprendí que, aunque las ilusiones mueren, con ellas nace el deseo de seguir creyendo por alguien más.
31 = 37
El 31 no es solo un día festivo. Es una marca en el calendario que recuerda que todo avanza, incluso aquello que no terminó de quedarse. No es el cumpleaños lo que pesa, sino la conciencia del cierre: que los ciclos se cumplen, que los años se van, que algo en ti también se despide —sin ruido, sin ceremonia. La fecha no duele por lo que celebra, sino porque insiste en recordarte lo finito: que el tiempo no se detiene, que nada es permanente, y que incluso lo que parecía intacto empieza a escaparse. El 31 es una fecha de caducidad impresa en silencio. No porque termine de golpe, sino porque se va consumiendo en lo cotidiano, en los días que pasan sin aviso, en lo que no se dice, en lo que no se queda. Esa sensación no habla de muerte, habla de conciencia: de saber que cada instante es limitado y que justo por eso pesa, importa y duele. No es que la vida caduque, es que se gasta… y al hacerlo, nos obliga a mirar de frente lo finito. ¡Felicidades!
El vacío también se cansa de ser infinito.
El vacío no llega de golpe. Se instala como un eco, como un sonido inmenso que no grita pero tampoco calla. Te lleva lejos porque no tiene bordes: no hay dónde apoyarse, no hay nombre que lo cierre. Solo esa sensación de estar y, al mismo tiempo, no del todo aquí. Un exceso de silencio. Un espacio que no sabe qué contener y por eso pesa.