Entradas

Abril

A veces siento que sigo caminando por el mundo, pero sin pertenecer del todo a él. Como si algo de mí se hubiera quedado detenido en un momento del pasado, en un instante que nunca terminó de cerrarse. Por eso sostengo que soy un fantasma que sigue vivo. No porque haya dejado de respirar, ni porque la vida haya dejado de pasar frente a mis ojos. Todo sigue ahí: los días que avanzan, las calles que se repiten, las personas que hablan, las cosas que cambian. Pero hay una ausencia que camina conmigo.  Hubo un tiempo en que tu existencia era una posibilidad abierta, una promesa que apenas comenzaba a tomar forma. No sé si alguna vez llegaste a saber cuánto espacio ocupaste en mis pensamientos en aquellos días. Tal vez nadie te lo ha contado. Tal vez nadie creyó que era necesario. Pero hay cosas que existen aunque nadie las diga en voz alta. Con el tiempo aprendí algo extraño: que uno puede perder a alguien incluso antes de conocerlo de verdad. Y esa clase de pérdida no tiene ceremonias...
  Naciste en un mes que el mundo reconoce como el del amor, y no fue coincidencia… porque desde antes de conocerte, tu mamá ya te amaba con una fuerza que solo se aprende en la espera. Durante meses fuiste un sueño constante, una ilusión que crecía en silencio, un latido que acompañaba cada uno de sus días. Te pensó mil veces, te imaginó en cada detalle, te habló aún sin tenerte en sus brazos, y te cuidó incluso antes de poder mirarte a los ojos. Desde entonces, ya eras su mundo. Y entonces llegó ese viernes… el día en que decidiste venir a este lugar, a cambiarlo todo. Con tu primer suspiro, el tiempo se detuvo un instante y luego volvió a empezar, pero diferente. Más lleno, más profundo, más verdadero. No solo naciste tú. Ese día también nació una nueva versión de tu mamá: más fuerte, más valiente, más llena de amor del que alguna vez pensó posible. Un amor que no descansa, que no se mide, que no se agota. Un amor que crece contigo, que te abraza incluso cuando no estás cer...
Estoy triste cada que te recuerdo. Pero en medio de esa tristeza hay una certeza: preferí ser ausencia antes que convertirme en un peso en tu vida. Me duele no saber cómo estás, no saber si alguna vez te hago falta, si en algún momento mi nombre cruza por tus pensamientos como el tuyo cruza por los míos. Aun así, mi decisión nació del cuidado. Tal vez no lo entiendas. Tal vez nunca lo sepas del todo. Pero fue desde el amor — desde ese lugar donde querer a alguien significa también apartarse cuando quedarse podría herir. En mi tristeza siempre aparece tu recuerdo. No como reproche. No como culpa. Sino como algo limpio, como algo que fue verdadero. Y aunque el silencio ahora nos rodee, necesitas saber esto: te quiero. Te quiero incluso en la distancia. Te quiero incluso en la ausencia.

¿Me extrañas?

 Me pregunto si a ti también te pasa que, sin darte cuenta, te pierdes en tus propios pensamientos y aparezco ahí, sin avisar. Si alguna canción, algún silencio o un instante cualquiera te lleva a imaginarme, como a mí me sucede contigo. A veces me descubro pensando en qué estarás haciendo, si estás bien, si estás en calma, si la vida te trata con la suavidad que mereces. Me pregunto si eres feliz, o si en medio de tus días también hay huecos donde mi recuerdo se cuela sin pedir permiso. Me intriga saber si alguna vez te detienes, aunque sea un segundo, y te preguntas por mí como yo lo hago por ti. Si te asalta la curiosidad de saber si aún pienso en ti —porque sí— y si todavía hay un hilo invisible que nos conecta en la distancia. No busco respuestas, solo confieso esta duda que me acompaña: la de no saber si en tu mundo también existo de esta forma silenciosa, constante, profunda.

Silencio

Eso es lo que se escucha cuando todo calla. No hay más ruido que la ausencia y el grito sordo de la soledad. Un silencio que no llega de golpe, sino que se acerca despacio, como quien no quiere asustar, hasta que termina abrazando y cubre todo el espacio. Entonces te quedas ahí, reducido a un punto mínimo, a un rincón que aún respira. Inhalas. Esperas. Esperas que el sonido regrese, no por necesidad de ruido, sino para que este silencio deje de doler, para que el eco de algo —lo que sea— rompa la presión del vacío y puedas volver a escuchar algo que te recuerde que sigues aquí.

Todo sea por una señal

Entiendo la complicación. Entiendo que no puedo pedir, ni estoy en posición de esperar, algo que no puedo ofrecer. Sé que hay silencios que no se reclaman y distancias que no se cruzan sin romper algo más. Y aun con esa conciencia, la tristeza no pide permiso. Llega despacio, se instala en los momentos más simples y que pronuncie tu nombre como si al hacerlo pudiera alcanzarte. Me descubro preguntando por ti en pensamientos que no confieso. Porque basta una sola para desordenarme el pulso, para que el corazón, cansado de la espera, recuerde cómo es latir con esperanza, como si despertar de nuevo todavía fuera posible.
No lo recuerdas, pero hubo una vez en la que la ilusión por los Reyes Magos la tuve yo. Sin embargo, desde el día en que nació, también terminó. No porque se apagara la magia, sino porque fue arrebatada. Dejó de ser espera y deseo propio y se volvió algo ajeno, impedido. Ese día aprendí que, aunque las ilusiones mueren, con ellas nace el deseo de seguir creyendo por alguien más.