¿Soy feliz?
De pronto me asalta la duda sobre mi propia felicidad. ¿Soy feliz? Es una pregunta recurrente. La respuesta inmediata siempre es que sí. Claro que lo soy. O al menos eso me digo, casi por inercia, como si responder de otra manera significara aceptar algo que no estoy preparado para reconocer. Pero lo cierto es que no lo sé. Hay un sentimiento que llevo atorado en el pecho. No sé cuándo llegó ni cuánto tiempo lleva ahí. Solo sé que no se va. Que permanece, silencioso, escondido entre las obligaciones, el trabajo y la cotidianidad. A veces ni siquiera sé cómo estoy. Mucho menos cómo me siento. Me descubro viviendo, haciendo lo que tengo que hacer, hablando con la gente, riendo cuando corresponde y aparentando una tranquilidad que no sé si realmente existe. Y entonces, sin previo aviso, aparece esa presión en el pecho. Una sensación extraña, desesperante, que me exige salir corriendo. Huir. Perderme en algún lugar donde nadie me conozca, donde nadie me busque, donde no tenga que res...