31 = 37
El 31 no es solo un día festivo.
Es una marca en el calendario que recuerda que todo avanza, incluso aquello que no terminó de quedarse.
No es el cumpleaños lo que pesa, sino la conciencia del cierre:
que los ciclos se cumplen, que los años se van, que algo en ti también se despide —sin ruido, sin ceremonia.
La fecha no duele por lo que celebra,
sino porque insiste en recordarte lo finito:
que el tiempo no se detiene,
que nada es permanente,
y que incluso lo que parecía intacto empieza a escaparse.
El 31 es una fecha de caducidad impresa en silencio.
No porque termine de golpe,
sino porque se va consumiendo en lo cotidiano,
en los días que pasan sin aviso,
en lo que no se dice, en lo que no se queda.
Esa sensación no habla de muerte,
habla de conciencia:
de saber que cada instante es limitado
y que justo por eso pesa, importa y duele.
No es que la vida caduque,
es que se gasta…
y al hacerlo, nos obliga a mirar de frente lo finito.
¡Felicidades!
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