El día antes de Navidad

Si esto fuera una secuencia de una película, después de aquel encuentro casual vendría una segunda escena… y sería precisamente esa la que dejaría un sinsabor.

Porque hubo un instante que pareció un final feliz: un abrazo que llegó sin aviso, una serie de besos inocentes, de esos que no prometen nada y, aun así, lo dicen todo. Por un momento el tiempo se suspendió, y el corazón se permitió alegrarse, como si recordar bastara para volver a sentir.

Pero también apareció la otra cara. La despedida. Esa que no hace ruido, que no discute ni reclama, pero pesa. Una separación que no se explica, solo se acepta. El mismo segundo que encendió algo por dentro fue el que obligó a apagarlo.

Y así, el corazón —que instantes antes latía con emoción— terminó enmudecido. No roto, no vencido… solo en silencio, guardando lo que fue, lo que pudo ser y lo que no alcanzó a quedarse.

Él se alejó por ese camino oscuro, cruzó el puente y siguió adelante, solo, cobijado por la noche.
Ella lo miró hasta que su figura se volvió un punto perdido en la distancia.

Al final, el común denominador fue esa sensación que ambos compartían… y que eligieron no nombrar.

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