El vacío también se cansa de ser infinito.

El vacío no llega de golpe.

Se instala como un eco,
como un sonido inmenso que no grita
pero tampoco calla.

Te lleva lejos porque no tiene bordes:
no hay dónde apoyarse,
no hay nombre que lo cierre.
Solo esa sensación de estar
y, al mismo tiempo, no del todo aquí.

Un exceso de silencio.
Un espacio que no sabe qué contener
y por eso pesa.


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