Gerardo llegaba a clase con el mismo fastidio de siempre. No soportaba a la maestra ni sus comentarios sarcásticos. Con paso lento, caminaba por el pasillo, rogando que algo —una alarma, un accidente, lo que fuera— lo detuviera. Pero no, nunca pasaba nada. Siempre llegaba sin contratiempos. Y siempre, al llegar a la puerta, repetía con resignación: —Este será mi último día. Pero nunca lo era. Hasta que una tarde, al entrar, algo había cambiado: La vieja maestra ya no estaba. En su lugar, una mujer joven, de sonrisa amable y mirada brillante, escribía su nombre en el pizarrón. —¿Qué pasó con la otra maestra? —preguntó Gerardo. —Ya no volverá. A partir de hoy, yo estaré a cargo —respondió ella sin más. Con el tiempo, Gerardo notó que algo en él cambiaba. Se reía más, hablaba más, sus bromas parecían tener un solo destinatario. Y lo mejor: ella también reía. No era solo su imaginación. Sus compañeros lo comentaban: “La maestra te trata diferente”. Entonces, cansado del juego sutil, del co...