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Aniversario

Regreso al pasado de mis recuerdos y me veo ahí, junto al comedor. Te tengo en mis brazos y sé —con una certeza que duele— que es la última vez que te veré. No hay despedida, solo ese instante suspendido donde todo se quiebra sin ruido. Despierto. Y el cuerpo tarda en entender que ya no estás, que fue un sueño, o quizá una forma de la memoria de recordarme lo que falta. Te imagino con esa nostalgia que no pregunta, que no exige respuestas ni consuelos, que simplemente pesa. Me pregunto si algún día volveré a encontrarte o si quedarás detenida en ese lugar impreciso donde habitan los recuerdos que van y vienen, como una marea que nunca termina de irse y que siempre regresa con la misma fuerza. Son trece más. Para ti son trece. Para mí, trece que resto uno a uno de la cuenta sin verte, trece años, trece ausencias, trece silencios acumulados que aprendo a cargar sin saber muy bien cómo. A  veces creo que el tiempo es solo una forma distinta de nombrar la distancia.  M e aferro a ...

Abril

A veces siento que sigo caminando por el mundo, pero sin pertenecer del todo a él. Como si algo de mí se hubiera quedado detenido en un momento del pasado, en un instante que nunca terminó de cerrarse. Por eso sostengo que soy un fantasma que sigue vivo. No porque haya dejado de respirar, ni porque la vida haya dejado de pasar frente a mis ojos. Todo sigue ahí: los días que avanzan, las calles que se repiten, las personas que hablan, las cosas que cambian. Pero hay una ausencia que camina conmigo.  Hubo un tiempo en que tu existencia era una posibilidad abierta, una promesa que apenas comenzaba a tomar forma. No sé si alguna vez llegaste a saber cuánto espacio ocupaste en mis pensamientos en aquellos días. Tal vez nadie te lo ha contado. Tal vez nadie creyó que era necesario. Pero hay cosas que existen aunque nadie las diga en voz alta. Con el tiempo aprendí algo extraño: que uno puede perder a alguien incluso antes de conocerlo de verdad. Y esa clase de pérdida no tiene ceremonias...
  Naciste en un mes que el mundo reconoce como el del amor, y no fue coincidencia… porque desde antes de conocerte, tu mamá ya te amaba con una fuerza que solo se aprende en la espera. Durante meses fuiste un sueño constante, una ilusión que crecía en silencio, un latido que acompañaba cada uno de sus días. Te pensó mil veces, te imaginó en cada detalle, te habló aún sin tenerte en sus brazos, y te cuidó incluso antes de poder mirarte a los ojos. Desde entonces, ya eras su mundo. Y entonces llegó ese viernes… el día en que decidiste venir a este lugar, a cambiarlo todo. Con tu primer suspiro, el tiempo se detuvo un instante y luego volvió a empezar, pero diferente. Más lleno, más profundo, más verdadero. No solo naciste tú. Ese día también nació una nueva versión de tu mamá: más fuerte, más valiente, más llena de amor del que alguna vez pensó posible. Un amor que no descansa, que no se mide, que no se agota. Un amor que crece contigo, que te abraza incluso cuando no estás cer...
Estoy triste cada que te recuerdo. Pero en medio de esa tristeza hay una certeza: preferí ser ausencia antes que convertirme en un peso en tu vida. Me duele no saber cómo estás, no saber si alguna vez te hago falta, si en algún momento mi nombre cruza por tus pensamientos como el tuyo cruza por los míos. Aun así, mi decisión nació del cuidado. Tal vez no lo entiendas. Tal vez nunca lo sepas del todo. Pero fue desde el amor — desde ese lugar donde querer a alguien significa también apartarse cuando quedarse podría herir. En mi tristeza siempre aparece tu recuerdo. No como reproche. No como culpa. Sino como algo limpio, como algo que fue verdadero. Y aunque el silencio ahora nos rodee, necesitas saber esto: te quiero. Te quiero incluso en la distancia. Te quiero incluso en la ausencia.

¿Me extrañas?

 Me pregunto si a ti también te pasa que, sin darte cuenta, te pierdes en tus propios pensamientos y aparezco ahí, sin avisar. Si alguna canción, algún silencio o un instante cualquiera te lleva a imaginarme, como a mí me sucede contigo. A veces me descubro pensando en qué estarás haciendo, si estás bien, si estás en calma, si la vida te trata con la suavidad que mereces. Me pregunto si eres feliz, o si en medio de tus días también hay huecos donde mi recuerdo se cuela sin pedir permiso. Me intriga saber si alguna vez te detienes, aunque sea un segundo, y te preguntas por mí como yo lo hago por ti. Si te asalta la curiosidad de saber si aún pienso en ti —porque sí— y si todavía hay un hilo invisible que nos conecta en la distancia. No busco respuestas, solo confieso esta duda que me acompaña: la de no saber si en tu mundo también existo de esta forma silenciosa, constante, profunda.

Silencio

Eso es lo que se escucha cuando todo calla. No hay más ruido que la ausencia y el grito sordo de la soledad. Un silencio que no llega de golpe, sino que se acerca despacio, como quien no quiere asustar, hasta que termina abrazando y cubre todo el espacio. Entonces te quedas ahí, reducido a un punto mínimo, a un rincón que aún respira. Inhalas. Esperas. Esperas que el sonido regrese, no por necesidad de ruido, sino para que este silencio deje de doler, para que el eco de algo —lo que sea— rompa la presión del vacío y puedas volver a escuchar algo que te recuerde que sigues aquí.

Todo sea por una señal

Entiendo la complicación. Entiendo que no puedo pedir, ni estoy en posición de esperar, algo que no puedo ofrecer. Sé que hay silencios que no se reclaman y distancias que no se cruzan sin romper algo más. Y aun con esa conciencia, la tristeza no pide permiso. Llega despacio, se instala en los momentos más simples y que pronuncie tu nombre como si al hacerlo pudiera alcanzarte. Me descubro preguntando por ti en pensamientos que no confieso. Porque basta una sola para desordenarme el pulso, para que el corazón, cansado de la espera, recuerde cómo es latir con esperanza, como si despertar de nuevo todavía fuera posible.
No lo recuerdas, pero hubo una vez en la que la ilusión por los Reyes Magos la tuve yo. Sin embargo, desde el día en que nació, también terminó. No porque se apagara la magia, sino porque fue arrebatada. Dejó de ser espera y deseo propio y se volvió algo ajeno, impedido. Ese día aprendí que, aunque las ilusiones mueren, con ellas nace el deseo de seguir creyendo por alguien más.

31 = 37

El 31 no es solo un día festivo. Es una marca en el calendario que recuerda que todo avanza, incluso aquello que no terminó de quedarse. No es el cumpleaños lo que pesa, sino la conciencia del cierre: que los ciclos se cumplen, que los años se van, que algo en ti también se despide —sin ruido, sin ceremonia. La fecha no duele por lo que celebra, sino porque insiste en recordarte lo finito: que el tiempo no se detiene, que nada es permanente, y que incluso lo que parecía intacto empieza a escaparse. El 31 es una fecha de caducidad impresa en silencio. No porque termine de golpe, sino porque se va consumiendo en lo cotidiano, en los días que pasan sin aviso, en lo que no se dice, en lo que no se queda. Esa sensación no habla de muerte, habla de conciencia: de saber que cada instante es limitado y que justo por eso pesa, importa y duele. No es que la vida caduque, es que se gasta… y al hacerlo, nos obliga a mirar de frente lo finito. ¡Felicidades!

El vacío también se cansa de ser infinito.

El vacío no llega de golpe. Se instala como un eco, como un sonido inmenso que no grita pero tampoco calla. Te lleva lejos porque no tiene bordes: no hay dónde apoyarse, no hay nombre que lo cierre. Solo esa sensación de estar y, al mismo tiempo, no del todo aquí. Un exceso de silencio. Un espacio que no sabe qué contener y por eso pesa.

¿Recuerdas?

 ¿Recuerdas ese lugar? ¿Aquel rincón escondido del mundo donde, por un instante, todo parecía detenerse? ¿Me recordarás, acaso, con tu cabeza en mis brazos y el murmullo del viento colándose entre tus balbuceos? ¿Aún recordarás la sensación de tus dedos jugando entre mi cabello, como si cada hebra contara una historia que solo tú podías leer? Cuando cierro los ojos, aún puedo ver los tuyos mirándome. Y en esa mirada, distinta a todas, sigo sin descubrir el horizonte.

Fantasma del pasado

¿Qué hacía él, pensando en ella? Hace tanto que se fue… No va a volver. Y sin embargo, ahí estaba él, repasando, recordando momentos que ya no volverán, como si al pensarlos pudiera revivirlos. Ahí estaba, soñando el pasado, escuchando su eco, como si aún tuviera voz. Pero ella ya no está. Nunca estuvo No volverá. Solo quedan sueños… que no son verdad. Hoy, lo único que le queda de ella es una imagen distorsionada de lo que cree que es. De lo que era ella. Pero no es ella. Es solo una ficción.

Esperar

 Esperar… como quien guarda un suspiro antes de saltar al vacío. Esperar, y gritarle al cielo con el alma rota: ¡déjame ser! ¡permite que ocurra eso que por dentro tanto deseo! Porque hay cosas que no se dicen, pero que arden. Hay anhelos que no se nombran, pero que gritan. Y tú, parado ahí, con el corazón en puño y la mirada clavada en el cielo, esperas que el universo escuche… y por fin, te diga que sí.

De 2012 a 2025

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Han pasado trece años. Y trece no es cualquier número. No por superstición. Tiene algo de ciclo… de conjuro. Supongo que por eso he vuelto por aquí. No sé si vine a cerrar algo, o a abrir una herida nueva. Pero regresé. Como si las palabras que dejé pendientes en aquel entonces hubieran estado esperando, agazapadas, en algún rincón de mí. Trece años. Y todo cambió. Y todo sigue igual. Es como una página que no sabes si doblar o arrancar. Un ciclo que parece terminado, pero aún late. Tal vez por eso estoy aquí otra vez, escribiendo. Buscando en los restos de mí, algo que no sé si perdí… o si aún me pertenece. Volver aquí —a estas palabras, a estos espacios vacíos— es como regresar a una casa que ya no es mía. Todo se siente igual… pero todo es distinto. Las paredes no hablan. Los muebles me miran con desconfianza. Y yo... yo no reconozco del todo la voz con la que escribo esto. En 2012 no sabía nada. En 2025… tampoco. Pero he aprendido a escuchar el silencio con más atención. A dejar de...

El día antes de Navidad

Si esto fuera una secuencia de una película, después de aquel encuentro casual vendría una segunda escena… y sería precisamente esa la que dejaría un sinsabor. Porque hubo un instante que pareció un final feliz: un abrazo que llegó sin aviso, una serie de besos inocentes, de esos que no prometen nada y, aun así, lo dicen todo. Por un momento el tiempo se suspendió, y el corazón se permitió alegrarse, como si recordar bastara para volver a sentir. Pero también apareció la otra cara. La despedida. Esa que no hace ruido, que no discute ni reclama, pero pesa. Una separación que no se explica, solo se acepta. El mismo segundo que encendió algo por dentro fue el que obligó a apagarlo. Y así, el corazón —que instantes antes latía con emoción— terminó enmudecido. No roto, no vencido… solo en silencio, guardando lo que fue, lo que pudo ser y lo que no alcanzó a quedarse. Él se alejó por ese camino oscuro, cruzó el puente y siguió adelante, solo, cobijado por la noche. Ella lo miró hasta que su ...

La Tregua (Mario Benedetti)

Pero es que yo no puedo ser uno de esos tipos que andan siempre con el corazón en la mano. A mí me cuesta ser cariñoso, inclusive en la vida amorosa. Siempre doy menos de lo que tengo. Mi estilo de querer es ése, un poco reticente, reservado el máximo sólo para las grandes ocasiones. Quizá haya una razón y es que tengo la manía de los matices, de las gradaciones. De modo que si siempre estuviera expresando el máximo, ¿qué dejaría para esos momentos (hay cuatro o cinco en cada vida, en cada individuo) en que uno debe apelar al corazón en pleno? También siento un leve resquemor frente a lo cursi, y a mí lo cursi me parece justamente eso: andar siempre con el corazón en la mano. Al que llora todos los días, ¿qué le queda por hacer cuando le toque un gran dolor, un dolor para el cual sean necesarias las máximas defensas? Siempre puede matarse, pero eso, después de todo, no deja de ser una pobre solución. Quiero decir que es más bien imposible vivir en crisis permanente, fabricándose una i...

La patética gloria del amor

¿Quién dice que hay novedad en el amor? El amor tiende a ser el mismo. A veces más intenso, a veces más tibio, pero siempre igual en su esencia. Las palabras que se dicen cuando se está enamorado… son las mismas de siempre. "Me encantas." "No te vayas." "Contigo todo es diferente." ¿Diferente? Por favor. Decir que algo es nuevo es simple palabrería. Romántica, sí. Pero palabrería. Al final del día, somos los mismos seres patéticos repitiendo los mismos gestos, las mismas frases, los mismos temblores en la voz, pero ante personas distintas. Un mismo guion con actores nuevos. Un espejo que refleja el pasado en la cara del presente. Ella decía muchas cosas. Todas se las decía a él. Pero él… ya las había escuchado. Unas más, otras menos, pero… el eco era el mismo. ¿Cuál es la sorpresa, entonces? Ninguna. Y él lo sabía. Lo sabe. Lo supo. Lo sabrá. Y tal vez, solo tal vez, ahí estaba su rabia. No ser más que otro. Uno más en la lista. No trascender. Repetir un c...
Despertar cada mañana para darse cuenta de que la cama resulta inmensa, y que sus brazos no rodean más que una almohada. Abrir los ojos en la oscuridad, y saber que no fue más que un sueño. Octavio estaba afligido. Había tenido el sueño más hermoso de su vida. Y despertó. Esa cruel traición del amanecer. Esa línea difusa entre lo vivido y lo imaginado. Tenía esa extraña sensación que se queda flotando cuando uno abre los ojos: la idea de que quizá, solo quizá, ella estaría ahí. A su lado. Como si todo hubiese sido real. Pero no. Abrió los ojos esperando encontrarse con su mirada. Y lo único que halló fue la nada. Inspeccionó la habitación, rápido, ansioso, como quien busca aire. Buscó con la mirada a esa mujer que, segundos antes, parecía tan tangible. Tan suya. Y no había nadie. Solo él. Y el eco de lo que pudo ser. Frunció el ceño. Contuvo una lágrima que no supo si era de rabia o de tristeza. Sus manos apretadas, impotentes, delataban la frustración. Soltó un suspiro largo. Se quedó...

Abraham a Lucía

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—Tu vida y la mía… se han cruzado en numerosas ocasiones, Lucía. Nos conocemos y nos desconocemos desde hace ya varios años. Como dos trenes que pasan por la misma estación, pero a diferentes horas. Hemos coincidido. Nos hemos besado. Y luego… hemos desaparecido. A veces pienso que somos el eco de algo que nunca terminó de suceder. Y otras, que solo fuimos un intento repetido del destino, jugando a ver si esta vez sí. Pero no. No fue esta vez. Tampoco la anterior. Y aún así, cada que te veo, me parece que el mundo entero se suspende un instante… como si todavía hubiera una mínima posibilidad de volver a comenzar. Pero ni tú ni yo sabemos cómo. Ni cuándo. Ni desde dónde.
A veces es mejor no escuchar las últimas palabras que alguien te dedica y poner en sus labios un simple "adiós". Así el círculo se cierra y lo hace de forma pura, sin palabras que lo agiten.